Crecer con nuestros padres
Crecieron ellos o ¿crecimos nosotros?
Venecia Garcés
4/9/20254 min read


Crecer con nuestros padres:
Cuando somos niños, poco percibimos el crecimiento de las personas que nos rodean así como el crecimiento propio; aunque tal vez debería decir el envejecimiento de los demás y el propio, llamémosle por esta ocasión “crecimiento”.
Cuando somos apenas unos niños vemos a nuestros padres, hermanos y demás familiares como unos totales ancianos o demasiado grandes como para pensar que han pasado por la misma etapa por la que nosotros nos encontramos en ese momento, es más cuando eres niño, ni siquiera tienes noción de lo que es crecer, y que aquella niñez se está diluyendo con el paso de los años, y se espera algún día ser un adulto, ¿para qué? A veces no lo sé, pero creo y quiero creer que es para poder sentir control sobre nuestras pequeñas decisiones y creemos que como adultos podemos llegar a ser más “libres” de poder tomar nuestras propias decisiones.
Cuando pasamos a la etapa de la adolescencia o preadolescencia, nos encontramos con esa parte en la que empezamos a reconocer a nuestros padres como una completa autoridad y nos damos cuenta que no siempre estamos de acuerdo con lo que ellos deciden para nosotros, porque en ese inicio de búsqueda de libertad que comenzó desde la niñez, ya siendo unos Preadolescentes, pedimos más y más de esa “libertad” sin el condimento especial “la responsabilidad” que creemos que merecemos porque cuando “uno hace lo que quiere, uno la pasa mejor”.
Al terminar esa etapa de la Preadolescencia, nos volvemos aquellos adultos/niños que les encanta la “libertad”, pero comenzamos a vivir las consecuencias, ya comenzamos a tomar decisiones y por ende, vivimos las consecuencias y sin querer, esas consecuencias las van experimentando nuestros padres también.
Tomamos decisiones y ellos viven las consecuencias, y después de que ellos viven las consecuencias, nosotros vivimos las que nos corresponden con ellos, y es ahí donde comenzamos a verlos a veces como un yugo y ya no tanto como los resolutivos que solían ser antes, pues a pesar de que cometíamos más errores de pequeños, ellos siempre motivaban a avanzar y ahora motivan a enfrentar.
Luego, llega esa etapa de los 20s, donde ya somos un poco más responsables, donde aún está el apoyo de nuestros padres, y poco nos hacemos conscientes de que ellos ya están en la faceta en la que comienzan a ver cómo nos comienzan a crecer las alas y se ponen a prueba todos aquellos valores, vicios, ideas y creencias que ellos han sembrado en nosotros.
Pero esta etapa la partiría en 2, la primera de los 20s a los 25, dónde aún solemos ver un mundo con el corazón de un joven con esperanzas y que aún cree en que la vida es un dulce para devorarse, y la segunda etapa de los 26 a los 29, dónde comienzas a darte cuenta que ese dulce no sabe a lo que creías ni tampoco tenía la consistencia ni el color ni nada de lo que imaginabas; pues ese dulce comienza a saber un poco amargo, dulce, agridulce, salado y muchas veces ácido.
Pero aún ahí, nuestros padres, son parte de ese sabor, aún queda un poco de sus palabras en la mente y recuerdos muy vagos de los consejos que ellos nos daban cuando estábamos aún más jóvenes en la primera etapa de los 20s.
Pero ya en los 30s comienzas una faceta totalmente nueva con los padres, pues definitivamente ya no eres un niño, ni un Preadolescente, ni un niño/adulto; efectivamente te has convertido en todo un adulto, con todas las capacidades y conocimientos para enfrentar la vida, con todas las herramientas para saber para donde dirigirte, y hacia dónde quieres llevar tu vida.
A los 30s comienzas a ver a tus padres de una manera totalmente diferente; ahora más allá de juzgarlos, comienzas a entenderlos un poco, y comienzas darte cuenta que todo aquello que te decían “algún día lo entenderás”, no era por molestar, sino porque ellos ya habían cometido los suficientes errores, como para tratar de guiarte para no cometer los mismos errores. Comienzas a cuestionarte, ¿y ellos cómo le hicieron? Ante una serie de situaciones que ni tu mismo entiendes cómo es que tu lo estás afrontando.
Y es entonces y sólo entonces que te das cuenta, que ellos vivieron la vida así… sólo viviéndola, te das cuenta que siempre han sido mortales igual que tú, que buscaban darte lo mejor sin saber cómo hacerlo, que buscaban dar lo mejor de sí, sin saber cómo hacerlo y que por más seguros que demostraran que estuvieran, la realidad es que nunca supieron como resolver absolutamente nada, y sólo se guiaron por el amor que te tenían.
Te das cuenta, que tus padres fueron evolucionando como tú, que por más fuertes que demostrarán ser, eran unos simples humanos, que no querían que sufrieras antes de tiempo, y trataban de pintarte un mundo de colores que no existe y nunca existió fuera de tu hogar.
Te das cuenta que esa libertad a la que tanto aspirabas, no era más que una vil mentira que tu creías que los padres tenían, porque la verdadera libertad que tenías era cuando eras un pequeño niño añorando algo que ya tenías, y que las personas más restringidas de su libertad fueron aquellos adultos que veías a tu alrededor; enjaulados en sus trabajos, en sus mentes, en sus miedos, pero sobre todo enjaulados en su miedo de perderte.
Es ahí cuando te das cuenta que tus padres dieron todo por ti, y que muy poco los escuchaste, y que quizás si hubieras puesto un poco más de atención te hubieras dado cuenta que tus padres, tenían momentos difíciles, de dolor, de pérdida, de pérdida de manejo de emociones, y qué básicamente, pasaron por lo mismo que tu pasas, pero sin que tú te dieras cuenta de absolutamente nada, porque nunca faltó un regalo, un abrazo, unas palabras o alguna acción que te hiciera, sentir amado.
Y también es ahí, donde te das cuenta que no sabes quién fue creciendo con quién, si tú con ellos, o ellos contigo, o si sólo quizás lo hicieron juntos sin darse cuenta de que la vida pasaba, y nunca más volverían a vivir lo que vivían en ese momento.
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